LA LUNA DE LA PLENITUD


Meditación de Luna Llena

LA LUNA DE LA PLENITUD

Introducción

Bienvenidos a este nuevo encuentro, una reunión para fortalecer los lazos con Gaia y fluir en las energías planetarias, esta vez en esta Luna que nos conecta con la poderosa Fuerza interior.
Nos encontramos en el mismo eje en el que se manifiesta el Festival Wesak que se celebra en el mes de mayo, en plena primavera, aunque que en este momento nos encontramos en pleno Otoño y los Signos están a la inversa con respecto a la Luna y al Sol de cómo se encontraban en Wesak. Mientras hoy el Sol se encuentra en la Constelación de Escorpio, la Luna está en la Constelación del Toro, en ese mitológico lugar celestial, en el que se encuentran Las Pléyades.
La fuerza y la naturaleza poderosa de Tauro, se presenta tal cual son sus cualidades, teniendo en cuenta que el planeta regente de Tauro es Venus, por lo que conectaremos con esa esencia propia de las energías venusianas. Toda esta conjugación de fuerzas, prevalecerán latentes para que el Sol en Escorpio, desvele aquello que nunca antes se desveló. Esta posición favorece que esto ocurra y que cualquier laberinto en el que estuviéramos atascados, se abra para tener la capacidad de ver una salida que nos conduzca a ese lugar con el que soñamos y que todavía no hemos podido manifestar. De Tauro emerge la raíz de los deseos, siendo Escorpio quien los encarnará. Esta capacidad será la que se convertirá en la precursora del desapego, pues el deseo ya no quedará oculto, al haberse desencadenado, podremos sentirnos liberados y por vez primera, sentir una poderosa fuerza que se habrá despertado, que gritará LO HE NECESITADO, LO HE ENCARNADO, LO HE VIVIDO Y DISFRUTADO, ME HE TRANSFORMADO, CONOZCO LA ABUNDANCIA.
Este proceso contiene la clave del camino que emprendemos para evolucionar, durante el cual, mientras caminamos y nos descubrimos, seremos los protagonistas de las infinitas transformaciones que realizamos, para que al llegar a destino, miremos el camino y nos maravillemos de la increíble andadura que nos ha conducido desde el principio hasta el final, enfrentándonos a quienes fuimos para saber quiénes somos. Entonces, mirándonos de frente, podremos amar pasado, futuro y presente.

Bienvenidos a la Luna de la Plenitud!!!

(pausa)



Comenzamos…
Nos colocamos en nuestro espacio sagrado…
Cerramos los ojos…
Relajamos el cuerpo, comenzando por las extremidades, tronco y cabeza…
Respiramos profundamente… tomando conciencia del viaje interior que vamos a iniciar…
Nos conectamos con nuestro ritmo de respiración… y nos armonizamos con él… sintiendo como con cada inspiración el aire otoñal penetra en todas nuestras células…
Y con cada exhalación liberamos toda la energía estancada de nuestro cuerpo…
Nos tomamos nuestro tiempo, respirando rítmicamente…

(pequeña pausa)

Visualizamos como un haz de poderosa luz penetra en la tierra descendiendo desde nuestro chakra corazón. El haz recorre todas las capas del interior, hasta que toca el mismo centro… es entonces cuando un flujo amoroso y maternal, asciende por todo nuestro cuerpo, provocando que nos sintamos abrazados y comunicados con la misma Madre Tierra…
Envueltos en este amoroso abrazo, continuamos respirando rítmicamente. Ahora nuestro latido se está armonizando con el latido del planeta…
Respiramos al tiempo que unimos nuestros corazones, convirtiéndolos en un único latido…
El flujo de la Madre Tierra nos envuelve, transportándonos a cualquier rincón de todos los que ella contiene… sentimos alcanzar una montaña, el rocío de la madrugada nos conecta con el olor de la tierra mojada…

(pausa)

Caminamos por un páramo singular, todo es diáfano, abierto y limpio, un cielo soleado nos acompaña. Estamos solos con nosotros mismos, sintiéndonos y sintiendo cada paso que damos, sobre esta tierra que nos sustenta, sintiendo el alimento que surge de ella. La vegetación se torna más espesa, atravesamos entre arbustos de bellos frutos y atractivas bayas, nos apetece probar alguno. Lo hacemos, nos saciamos con el fruto elegido, para seguir caminando. Agradecemos a la tierra y al árbol que podamos alimentarnos.
De repente, el terreno parece virar, si nos fijamos bien, podemos ver como bajo nuestros pies, aparecen lo que parecen unos escalones recubiertos de granito, pertenecientes a algo muy antiguo, que la tierra ha ido ocultando con el paso del tiempo. Subimos por los escalones de piedra remota, sin saber a dónde nos conduce. El acceso se hace cada vez más empinado, hacemos un esfuerzo y seguimos subiendo.
Al levantar el rostro, nos sorprendemos, estamos llegando a la entrada de lo que parece un gran templo. La curiosidad nos invade, entramos. Numerosas y gigantes columnas de piedra, crean un espacio enorme y amplio, tan grande que se podría ir a caballo. El suelo de antiguo mármol, está estropeado. Las columnas de elevados capiteles, soportan no sólo el paso del tiempo, sino también un hermoso techo, lleno de escenas dibujadas en él. Los pigmentos que daban color, están apagados, pese a ello se puede distinguir como los antiguos artistas que lo decoraron, quisieron transmitir las constelaciones del cielo, sobre un fondo azul intenso.
Nos quedamos observando y disfrutando de la sabiduría milenaria de nuestros ancestros, de cómo ellos, ya tenían inquietudes sobre lo que se hallaba en el cielo y como los artistas, se atrevieron a explicarlo, dibujando cada constelación tal que un toro, un león, un arquero o un aguador. Descubrimos en ese techo, multitud de estrellas, entre ellas nos llama la atención la misteriosa Osa Mayor.
Nos quedamos observando esta constelación y tal y como lo hacemos, vemos como el techo del templo se abre en ese punto dejando que la Osa Mayor aparezca, pero esta vez en el cielo que la acoge.
Sorprendidos por lo ocurrido, decidimos buscar otra fuerza que nos atraiga y constatar si este techo sostiene pura magia ancestral. Recorremos los exquisitos dibujos, cuando de repente nos encontramos con la Constelación del Toro. Del mismo modo sucede que al fijarnos, el techo se abre en ese punto y las Pléyades aparecen para saludarnos, con todo el amor que son capaces de entregarnos.

(pausa)
Las Pléyades nos han conectado con esa capacidad de amar que a veces olvidamos. Sentimos su abrazo, su sinergia, su halo que bienestar, dejándonos atrapar por su vibración, comprobando como su calidez nos hace sentir como en casa, pues allí se encuentra la bella Alcyone.
Mientras recorremos de nuevo con la mirada el techo del templo, nos damos cuenta que las constelaciones están encerradas en un rueda gigante que es soportada por cuatro mujeres hathorizadas. Nos quedamos mirando a una de ellas, como si quisiéramos conocerla y tal y como proyectamos esa idea, una voz femenina, nos llama por nuestro nombre de alma, se trata de una mujer enigmática que nos hace saber que es una Hathor. Nos emociona saber que la Hathor quiere decirnos algo, pues ellas son quienes se han dedicado a amar y a creer en cada uno de nosotros. La mujer corona en su cabeza los cuernos de la madre nutridora, sobre los que descansa el disco solar que representa a Alcyone. Le tendemos nuestra mano y confiamos en su inmenso halo de sabiduría y eternidad. Caminamos por ese templo y mientras lo hacemos, sentimos como cruzamos la barrera del tiempo, pues de repente el suelo que pisamos ya no está estropeado, es de mármol reluciente y blanco, que hace de espejo a las constelaciones plasmadas en el techo. Ahora si miramos el suelo del templo, podemos ver reflejado el cielo.
Nos emocionamos, esta vivencia nos da la certeza de que el Cielo habita en la Tierra. Sentimos la plenitud con la que nos comunica este sentimiento. Los antiguos lo sabían, ellos no tenían dudas de que todo lo que en el Cielo habita, también lo hace en nuestro planeta y así nos lo quisieron transmitir.
Nos quedamos paseando por ese templo renovado de luz, arcaico y presente, tal que si fuéramos nosotros mismos, quienes estuvimos allí decorando ese techo, de la mano de artesanos venidos del planeta Venus.

(pausa)

Hathor nos indica que la sigamos. Cruzamos la sala principal, para adentrarnos por un hueco en el que aparecen unas escaleras que desciende, a no se sabe qué lugar. Bajamos tras ellas, cruzamos por un largo pasillo, hasta que llegamos a una entrada aún si cabe más estrecha. Ella sigue caminando, cuando se gira, nos mira y nos pide que decidamos si queremos entrar con ella a ese lugar oscuro por el que sólo cabe uno. Decidimos que estamos preparados y que si hemos llegado hasta allí, ahora nada va a pararnos. Asentimos. La Hathor nos pide que antes de cruzar el dintel, abandonemos todas las cargas que pudiéramos llevar, pues para entrar se tiene que hacer libre de todo lo que pertenece al mundo terrenal. Nos informa que es un acto de desapego y que decidamos lo que decidamos, estará bien. Sentimos la fuerza de nuestros deseos, el poder de nuestras supuestas necesidades, la piel que está acostumbrada al confort que nos atrapa y lentamente, en un acto consciente, vamos dejando cada carga. Soltamos lastre, cuerdas y amarres, pactos, compromisos y juramentos que perturban nuestra vida. Lo dejamos todo. Desnudos, sin nada que nos condicione, decidimos avanzar, entrar por ese pasillo angosto, oscuro, por el que sólo cabe uno, sin saber a dónde nos conducirá.
La mujer nos sonríe, sabe que tenemos la capacidad, que si hemos llegado hasta ahí es porque es el instante de resonar con el origen de nuestra verdad.
Penetramos en el pasillo negro, no podemos ver nada, no sabemos cuan largo es, no tenemos idea de cuándo se acaba. Lo cruzamos, sintiendo nuestra piel tocando la pared.

(pausa)

Unas hermosas voces nos reciben. Lentamente sentimos como la luz penetra por todos los rincones. Hemos cruzado el pasillo que nos conduce al origen de nuestra esencia. Hemos llegado. Nos encontramos en el mismo Sol Central de la Galaxia. Escuchamos los cánticos. Sentimos nuestro corazón en paz, aliviado, poderoso, enamorado, pleno…
El trayecto no ha sido fácil, pero ahí estamos de nuevo. Podemos ver a otros compañeros, libres todos nosotros de necesidades y apegos. Ahora conocemos este estado superlativo para nuestra alma, y cuando regresemos, será nuestra responsabilidad mantenerlo.
Reunidos alrededor de un cristal gigante de cuarzo diamantino, oramos:

Tú que habitas en el Cielo,
en la mayor cumbre que llevo dentro,
tú que sabes todo de mí,
todo lo que no sabe nadie.
Tú que me dices,
que siempre estás ahí.
En mi Hogar,
en todo lo que soy,
en mi magia y en mi corazón.
Oh! Señora, que hoy también sepas
que mi amor es tu amor
y que sin ello,
no soy yo.


 (pausa)

Ahora conocemos el camino para acceder desnudos al origen de nuestra conciencia, allí donde podemos hacer un reset y liberar todo lo que nos oculta el corazón. Regresamos por donde hemos venido, llevando con nosotros todo ese caudal de amor, sin perder la conexión con la Hathor y el Templo que nos ha llevado hasta ese rincón en la galaxia, del que partió un buen día nuestra alma.
Pasamos por el estrecho pasillo de la iniciación, hasta llegar a la extensa columnata. Nos sorprendemos, muchas cosas han cambiado. El templo no tiene ningún techo pintado, ahora el techo es el mismo cielo. Parece un mirador. Nos quedamos admirando cada estrella, cada planeta y cada constelación. Disfrutamos de saber que El Cielo en la Tierra es real, que lo hemos podido comprobar por nosotros mismos y que aquello que nuestros ancestros nos querían enseñar, se ha convertido en realidad, porque lo hemos vivido.
Aprovechamos para dar las gracias a todos los seres que habitaron antes que nosotros lo hiciéramos en este planeta. Los restos arqueológicos son los libros que tienen sus huellas. Nos acercamos a las columnas, las tocamos con nuestras manos y conforme conectamos con el sentido del tacto, percibimos como se acelera el tiempo y regresamos a nuestro actual presente. El templo vuelve a estar en ruinas, pero son únicamente ruinas causadas por el paso de los años, la sabiduría queda íntegra e intacta en este enclave tan especial, al que podremos acudir cuantas veces queramos.
Buscamos las escaleras de regreso. Descendemos desde lo más elevado del Cielo, hasta la tierra en la que cada día crecemos.
Regresamos, mientras escuchamos las voces de las Hathors…

(pausa)


Poco a poco, es el momento de comenzar a  tomar conciencia de nuestro cuerpo…
Integrados en la nueva vibración y conectados profundamente a Gaia, ya podemos de regresar, lentamente, a nuestro ritmo…
Sentimos las extremidades…El tronco y la cabeza…
Y poco apoco vamos abriendo los ojos…
Bienvenidos a la vida consciente y a la vida presente!!!


Texto y narración a cargo de Núria Gómez y Karme Millán

  
TEMPLE INANNA
www.templeinanna.blogspot.com

LA LUNA DEL LIBERTADOR

Resultado de imagen de luna llena y jaula

Meditación Facilitada por Temple Inanna – Escuela Cosmosóphica

Aula Alpha


Meditación de Luna Llena

LA LUNA DEL LIBERTADOR

Introducción
Bienvenidos a este nuevo encuentro, una reunión para fortalecer los lazos con Gaia y fluir en las energías planetarias, esta vez en esta activa Luna Llena que transita el signo de Aries, mientras el astro Sol se encuentra en el signo de Libra. Debido a la gran energía ariana y a su relación con el elemento fuego, estamos ante una fuerza que necesita desahogar todo su potencial y ponerse en marcha para dirigirse a su propósito, sin más tardanza. Ese flujo imparable de iniciativa, es gratamente dosificado por su opuesto, el diplomático Libra, cuya función crucial será aprender a encajar el poder ariano y no dejar que ello lo desestabilice.
En esta Luna Llena, nos encontramos ante una poderosa situación de convivencia, en la que será importante lidiar con nuestra personalidad, para que exprese la libertad del Ser y sus cualidades, sin que ello signifique precipitarse en un debacle que lo conduzca a una guerra interminable, de eso se encargará Libra, que nos dirá: Adelante, con precaución!!! A lo que Aries responderá: Vamos, sígueme, conozco el camino!!! y sin dar tiempo a más, se pondrá en marcha y Libra confiará en él.
Le hemos llamado la Luna del Libertador, por ser la energía que tiene la capacidad de romper con los límites y arriesgarse a ir más allá de lo conocido, ofreciéndonos la libertad de poder explorar el mundo y convertirnos en un abanderado de esa búsqueda que alguien tiene que iniciar.
Con la energía del guerrero y su fuerza de voluntad, vamos a por la libertad…

Bienvenidos a la Luna del Libertador!!!

(pausa)

Comenzamos…
Nos colocamos en nuestro espacio sagrado…
Cerramos los ojos…
Relajamos el cuerpo, comenzando por las extremidades, tronco y cabeza…
Respiramos profundamente… tomando conciencia del viaje interior que vamos a iniciar…
Nos conectamos con nuestro ritmo de respiración… y nos armonizamos con él… sintiendo como con cada inspiración el aire otoñal penetra en todas nuestras células…
Y con cada exhalación liberamos toda la energía estancada de nuestro cuerpo…
Nos tomamos nuestro tiempo, respirando rítmicamente…

(pequeña pausa)

El día ha sido difícil, después de mucho trabajo, no todo ha salido como deseábamos. Los esfuerzos no han sido en vano, aún así nos sentimos cansados, con ganas de tener un sueño reparador. Nuestro entorno nos limita con sus miedos, miedos que no son suficientes como para quedarnos quietos. En la chimenea arde un fuego hecho con leña recién cortada, que despide un aroma de resinas, que nos evoca los días de nuestra infancia. Recordamos a nuestro niño interior, a sus grandes dotes para la diversión, lo evocamos lleno de alegría, de ganas de vivir la vida, jugando con otros niños, siendo ese niño que creció en nuestro interior.
De repente una desazón nos invade, advertimos que hoy el niño no está tan alegre, se siente invadido por las responsabilidades y no sabe cómo recuperar aquella energía que lo hacía sentir saludable.
Ciertos problemas acuden a nuestra mente, la llama del fuego de la chimenea, se aviva igual que lo hace nuestra llama interna. Nos sentimos abrumados, enfadados y algo apagados. Sentimos preocupación, pero a un tiempo sabemos que tenemos las herramientas para no caer en esa lucha interior.
Nuestra solución ahora mismo, es despertar al guerrero interior, ese que sabemos que llevamos dentro y que cuando nos atrapan los impedimentos, él encuentra la solución.
Con las manos puestas en nuestro abdomen, nos permitimos sentir el torbellino de emociones. Contactamos con nuestra oscuridad, para poder sublimarla sin juzgar. Nos quedamos conectados, sabiendo que es necesario cruzar por la tormenta interior.

(pausa)

Es noche cerrada, el cielo está oculto por unas densas nubes, parece que va a estallar, se avecina tormenta. Observamos como de repente la estancia en la que nos encontramos se ilumina por la invasión de un potente destello que acto seguido ruge, emitiendo un trueno que provoca la huida de algunos animales asustados. Escuchamos relinchar los caballos, mientras una fuerte racha de rayos y truenos desencadena en una lluvia torrencial. Confiamos en que los animales salvajes encontrarán resguardo y sin dudarlo, comprobamos que nuestras mascotas y nuestros caballos, están bien.
El agua torrencial, está inundando la entrada. Intuimos que la noche será larga, pues aunque toda esa lluvia sea necesaria para los campos y para llenar los pozos, también puede acabar haciendo destrozos.
Hacía mucho que se esperaban lluvias, el largo verano y el calor estival habían hecho mella en los prados, huertos y jardines. Le damos la bienvenida a la lluvia, celebramos la tormenta y agradecemos que con ello todos nos podamos beneficiar.
Nos acercamos a un ventanal y nos quedamos observando la lluvia, mientras el cielo sigue iluminándose de relámpagos y gritando sin que nada ni nadie pueda pararlo.
Permanecemos serenos ante la tormenta, aún sabiendo que a su fin, tendremos trabajo.

(pausa)

Está amaneciendo y hace mucho frío, la humedad incrementa la sensación, nos abrigamos y calzados para poder caminar sobre los charcos, salimos al exterior. Nos dirigimos al río que se encuentra a unas decenas de metros del camino. Damos un paseo, mientras observamos como el agua se desliza por la superficie de las hojas y desde lo más alto, todavía caen gotas que van mojando lo más bajo. Algunas aves comienzan a salir y a revolotear por entre las ramas. Se escucha el piular de algún gorrión y como el sonido del descender del agua, nos confirma que el caudal del río ha aumentado considerablemente. Nos estamos acercando a la orilla, constatamos como el agua baja rápida, sorteando las rocas del camino, torneándose para que éstas no le impidan el paso. Observamos esa facilidad del agua para fluir en el camino, para no detenerse ante los obstáculos, para seguir su dirección. Escuchamos atentamente el mensaje del río, observamos como las piedras forman parte del cauce, pero nada más.
Evocamos los obstáculos que creemos que nos entorpecen el camino, los reconocemos, los proyectamos en esas rocas y haciendo este gesto, nos damos cuenta de que no son tan poderosos como para detenernos. Miramos el agua fluyendo, corriendo, deslizándose, adecuándose al cauce, sin impedimentos, proyectamos nuestras emociones en el afluente, y sentimos como lo estancado, coge ritmo, como las emociones se mimetizan con el elemento agua, y como desde ese poder, se desatascan y fluyen, sin controlar, sin desconfiar, sin siquiera saber donde acabarán.
Sentimos como somos el cauce del río a un tiempo su caudal.

(pausa)

Alguien grita nuestro nombre, nos giramos, buscamos entre los aledaños de la orilla en la que nos encontramos. No somos capaces de ver a nadie. Vuelven a llamarnos de forma insistente, un enorme tejón se cruza ante nosotros, nos mira y aprieta a correr en una dirección, parece que nos invita a seguirle, corremos tras él. Vamos paralelos al río, el fluir de las aguas está haciendo su efecto, sentimos la dirección del camino, sentimos la liberación. De repente el tejón llega a un puente, siquiera se lo piensa, no se detiene, nosotros tampoco. Cruzamos por el puente a la otra orilla. Es un puente muy antiguo, hecho de piedra, con un paso de adoquines que sostienen el rastro de millones de transeúntes. Sentimos la apertura de miras que nuestra mente está haciendo, para salir de la oscuridad en la que se había atascado. El puente nos lleva a algún lugar, lo sabemos, sabemos que estamos a un paso de conocer algo que desconocemos. Nos atrevemos, somos grandes guerreros, de los que se aventuran a descubrir lo que no puede saberse si no te arriesgas.
Otra vez alguien nos llama por nuestro nombre, por fin lo encontramos, damos con él, con nuestro niño interior. Nos mira de frente, nos sonríe, corre a nuestro encuentro. Nos agachamos, nos abrazamos, nos fundimos el uno en el otro, para sentir de nuevo, nuestra verdadera motivación.
Nos conectamos con la energía que clamaba a gritos regeneración, nos fusionamos cuerpo con cuerpo, dejando de ser dos, para unirnos de corazón.
Sentimos la fuerza del niño interior, su disposición, su clara intención, con él no hay más perturbaciones externas que nos encadenen o nos impidan ser quienes somos, o hacer lo que deseamos, o emprender lo que nos ilusiona. El niño interior nos da el equilibrio y la alegría. Y ese gran guerrero que llevamos dentro, se convierte en la antorcha que guía a quienes quieren vivir en libertad y alegría.
Unidos al niño interno, caminamos, mientras el tejón lo hace a nuestro lado.

(pausa)

De regreso a casa, nos sentimos preparados para dejar por escrito lo que hemos vivido, así, sin más cogemos papel y lápiz y escribimos un hermoso relato, que siempre será necesario recordar. El relato dice así:
Un buen día, tras elevarse el sol, percibí que Yo era todo lo posible. Ese día me asusté, tan asustado estaba que tuve que ponerme unos límites. Tomé un palo, caminé un trecho, hasta que me entró el pánico y consideré que aquel espacio era suficiente para vivir. Con el palo tracé un perímetro perfecto, exacto, era circular, sin obviar el centro, era mi forma de expresar, que yo solamente podía ocupar aquel trecho.
Me instalé cómodamente, me moví sin sobrepasar los límites. Construí mi casa, mi familia, trabajé duro, aprendí a convivir y haciéndolo supe que todo precisaba un límite. Así cada día, límite tras límite crecí, crecimos, avanzamos, nos sentimos seguros, si enfermábamos, nos curábamos, hasta que una grave enfermedad asoló nuestro pueblo. Nos sentimos desesperados, asustados, podíamos morir todos. Lloré, caminé desesperado hasta el límite que un día yo mismo marqué.

-         ¿Y si más allá de allí existiera algo que salvara mi pueblo? – me pregunté.

Organicé un equipo. Les hablé de mis inquietudes interiores, de mis propias limitaciones, y de que era desconocido para todos, lo que se hallaba más allá del perímetro de nuestro pueblo. Decidimos armarnos. Jugarnos la vida. Arriesgarnos. Salir en busca de lo que nos devolviera la vida. Muertos ya estábamos, pero sólo unos cuantos querían hacerlo.
Los más aterrados, gritaban que se tenían que asesinar a todos los enfermos, para que no hubieran más contagios, algo a lo que la mayoría se negó.
Otros tantos dijeron que lo mejor era ponerse en manos de Dios y que si teníamos que morir, lo hiciéramos todos juntos. Otros tantos, no hacían caso, no creían en la gravedad de la situación, preferían seguir viviendo ajenos a cualquier decisión, lo dejaron en manos de los que ganaran, sin cuestionarse si era lo correcto o no. Yo me sentía muy responsable.
Sabía que había sido yo que de acuerdo a mis miedos, había trazado con un palo los límites de mi mundo. Ahora tenía que romperlo, tenía que derribar lo que se había convertido en un muro y cruzar.
Un buen día, tras elevarse el sol, percibí que Yo era todo lo posible. Ese día, ya no me asusté, recordé cuando la primera vez, el miedo me encarceló en un círculo muy pequeño.
Tomé el palo y con todas mis fuerzas derrumbé la muralla que me mantenía preso.
Por vez primera, vi con mis propios ojos lo que se hallaba más allá de los límites. Lloré. Esta vez de amor. Libre. Busqué en el bosque un remedio para mi pueblo. Una anciana, quien me hizo saber que me estaba esperando, me entregó un brebaje. Se lo agradecí. Me sonrió y me dijo:

-         Ves, llévalo. Explícalo. Algunos te creerán y otros no. Pero sea como sea no te olvides que donde están hoy ellos, también estuviste tú. Dales tiempo.


Cogemos el texto y lo guardamos en nuestro hermoso baúl, ahí tenemos la respuesta a nuestra liberación, para ponerla en marcha cada vez que aparezca la limitación.
Volvemos a mirar por la ventana, el cielo está despejado de nubes, el sol brilla iluminando cada rincón. Respiramos profundamente el nuevo día y con alegría y esta dosis de sabiduría interior, nos quedamos relajados, sonriendo, animados y seguros del siguiente paso.

(pausa)

Poco a poco, es el momento de comenzar a  tomar conciencia de nuestro cuerpo…
Integrados en la nueva vibración y conectados profundamente a Gaia, ya podemos de regresar, lentamente, a nuestro ritmo…
Sentimos las extremidades…El tronco y la cabeza…
Y poco apoco vamos abriendo los ojos…
Bienvenidos a la vida consciente y a la vida presente!!!

Texto y narración a cargo de Núria Gómez y Karme Millán

TEMPLE INANNA
www.templeinanna.blogspot.com

MEDITACIÓN DE MABÓN - EQUINOCCIO DE OTOÑO


Meditación Facilitada por Temple Inanna – Escuela Cosmosóphica

Aula Alpha


Meditación de Bienvenida al Otoño

MABON


Introducción

Bienvenidos a este nuevo encuentro, una reunión para fortalecer los lazos con Gaia y fluir en las energías planetarias, esta vez en Mabon, el Otoño. Dejamos atrás el tiempo de estar enfocados hacia fuera e iniciamos la introspección. Toca hacer revisión de todo este tiempo atrás, de todos los logros, satisfacciones, celebraciones y unión con nuestros familiares y amigos. Es momento de sentir la alegría de los acontecimientos vividos, la aceptación de los sucesos acaecidos, la sonrisa por los instantes de felicidad compartidos. Toca valorar todo lo que tenemos, sentir la abundancia de la Madre Tierra por todo aquello que nos entrega, agradecer cada momento para sentir la satisfacción de estar vivos y sabernos amados por la vida y en concreto por este hermoso planeta, quien nos lo da todo.
La luz del cielo se equilibra durante Mabon, las horas de día y las horas de noche son las mismas, El y Ella se sienten unidos más que nunca. El atardecer se convierte en el instante de mayor energía durante Mabon y por ello, es el momento de dar largos paseos por la naturaleza a esas horas del día, conectarnos con esa luz que nos invita a la interiorización. Mabon es ideal para la meditación. Entre Mabon y Yule tenemos tiempo suficiente para hacer una profunda revisión de nuestro ser interior, de identificar lo que queremos y de desechar lo que ya no. Tendremos tiempo de reflexionar para tener claro que vamos a vivir aquello que elijamos y que sea lo que sea, será lo que teníamos que vivir, por ello confiamos, nos entregamos a los pasos hacia los que nos va a conducir nuestro corazón, sin ofrecer resistencias, sino sabiendo que aquello es lo mejor y que no existe el error, solamente el aprendizaje.
Mabon va a calar fuerte en nuestra alma, para que la sempiterna alba de la mañana, deje paso a la penumbra inquietante que nos brinda el atardecer.
Sintamos la vida más intensa que nunca antes, sintamos profundamente, dejemos de caminar de puntillas, sumergiéndonos en la maravilla de la intensidad de las noches y los días. No hay tiempo que perder. Profundicemos…

Bienvenidos a Mabon!!!

(pausa)

Comenzamos…

Nos colocamos en nuestro espacio sagrado…
Cerramos los ojos…
Relajamos el cuerpo, comenzando por las extremidades, tronco y cabeza…
Respiramos profundamente… tomando conciencia del viaje interior que vamos a iniciar…
Nos conectamos con nuestro ritmo de respiración… y nos armonizamos con él… sintiendo como con cada inspiración el aire otoñal penetra en todas nuestras células…
Y con cada exhalación liberamos toda la energía estancada de nuestro cuerpo…
Nos tomamos nuestro tiempo, respirando rítmicamente…

(pequeña pausa)

Aprovechamos la todavía cálida luz del atardecer para adentrarnos, una vez más en el camino que nos conduce directamente a las entrañas del Bosque. Paseemos, disfrutando del hermoso entorno y de esa luz de otoño, observando los tonos tostados del cuadro que pinta la naturaleza en esta estación. Los ocres, dominan sobre el resto, pero también hay anaranjados y rojizos que nos conectan con el elemento fuego. Escuchamos los crujidos de las hojas secas bajo nuestros pasos. Pasos que damos sin dejar de sentir el flujo vibrante de energía que emana de la misma tierra. Respiramos profundamente el aire limpio y fresco de este atardecer y mientras lo hacemos, descubrimos como fluye el agua de un riachuelo cercano, hacia donde dirigiremos nuestros pasos.
Llegamos al riachuelo, su lecho de piedras, llama nuestra atención, nos quedamos observando cómo fluye lentamente un pequeño caudal de aguas cristalinas y como el lecho de piedras sirve a algunas especies para esconderse. Nos sorprendemos al ver un grupo de peces que asciende haciendo un esfuerzo contra la corriente y como unos cangrejos de río, aparecen y desaparecen entre las pequeñas rocas.
Decidimos refrescarnos con el agua del riachuelo, metiendo nuestras manos y llevando el agua fresca a nuestro rostro, mientras vemos nuestra silueta reflejada en el agua en movimiento.
Nos quedamos mirándonos, observando el reflejo, sintiéndonos parte integrante de ese entorno maravilloso, tomando consciencia de que también podemos integrarnos en ese cuadro de la naturaleza. Respiramos profundamente, mientras realizamos el ejercicio de fundirnos con el Bosque.

(pausa)

Continuamos paseando y adentrándonos en este paraje en el que ahora nos sentimos una habitante más de entre todas las formas de vida que conviven. De repente, nos encontramos en medio de un inabarcable espacio de árboles de alta copa y fuerte tronco, son Cedros. Corremos entre sus troncos, mientras los tocamos y nos abrazamos, sintiendo como la oscuridad del anochecer va penetrando en el Bosque y como las copas de los Cedros nos hacen de techo. Sentimos que estamos en nuestra casa y que no tenemos nada que temer. El Bosque de Cedros y su luz intangible nos da paz y serenidad. Si nos fijamos, podemos escuchar a lo lejos a una manada de lobos que aúllan en dirección al plenilunio y como algunas aves, todavía revolotean de rama en rama.
Un Cedro llama nuestra atención, parece que quiere que nos acerquemos a él. Nos dirigimos hacia su tronco y conforme lo hacemos, nos damos cuenta que podemos comunicarnos, sentimos la necesidad de hacerlo, es una conversación interior, entre el árbol y nosotros. Hablamos con el Cedro, sentimos ganas de abrazar su tronco, lo hacemos. Abrazamos el poderoso tronco y en silencio nos permitimos conectarnos con el árbol y con su espíritu milenario.

(pausa)

Conectados al Cedro, podemos sentir no sólo su tronco, sino también la magnitud de su copa, su altura, su conexión al Cielo y como la brisa del anochecer mece las ramas, añadiendo una energía que nos comunica con toda la conífera. Sentimos la copa pero el Cedro quiere enseñarnos algo más, para ello nos pide que bajemos por su tronco y penetremos en la tierra a través de sus profundas raíces. Lo hacemos, comenzamos a descender, sintiendo que cruzamos la frontera entre el aire y la tierra. Nos sentimos bajo el manto de tierra en el que las raíces del Cedro se sustentan. Son raíces fuertes, que a su vez se subdividen abarcando una extensa superficie bajo tierra. Sentimos profundamente el poder de esas raíces. Sentimos como el árbol se alimenta de la poderosa energía de la Madre Tierra y de cómo alineado con la Naturaleza, se hace fuerte y resistente. Nos sentimos el Cedro, podemos recorrer su cuerpo y saber que cada una de sus partes son elementos que representan un todo.
El Cedro nos pide que sintamos como él y que nos hagamos conscientes de cómo están conectadas sus energías, es entonces cuando advertimos que estamos sintiendo algo muy extraño. Es una fuente de vida que comunica a todos los árboles entre ellos. Nos permitimos fundirnos en esa red cristalina subterránea, que se expande de árbol en árbol, recorriendo y uniendo todo el mundo vegetal.
Nos conectamos a la red y para nuestra sorpresa, nos sentimos impelidos por su fuerza, lo curioso es que parece que nos expandamos de tal modo, que no existe el final en ese plano bajo tierra. Sentimos recorrer extensiones inmensas en las entrañas de la tierra. Como esa fuerza telúrica puede cruzar bosques y fronteras y unirse a otros bosques de otros territorios y así rodear todo, todo el planeta.
Nos sentimos gratamente sorprendidos, acabamos de experimentar como las raíces del Reino Vegetal están totalmente unidas y comunicadas en toda su dimensionalidad. Es como si existiera una esfera planetaria más pequeña, que habita dentro de la corteza. Sentimos el flujo vital de la Naturaleza, sentimos el alimento de la Madre Tierra, sentimos su manto, ese halo espectacular, sentimos que en esa unión, no existe el sentimiento de separación y que desde ese lugar, podemos por vez primera, sentir que el planeta está unido, aunque sea bajo tierra y que eso nada ni nadie lo puede destruir.

(pausa)

Sorprendentemente el Cedro al que nos abrazamos, nos muestra como aunque su posición geográfica sea esa, es un miembro del planeta, pues la unión que crean a través de sus raíces, es todo un sistema que no conoce otra forma de existencia. Así, ahora sabemos que los árboles hablan entre ellos y que cuando en algún punto del planeta se produce una herida por el incendio de un Bosque o por la tala indiscriminada de colonias de árboles, el resto de entidades, refuerzan ese vacío a través de la red cristalina. El Cedro nos explica que ellos regeneran la tierra herida, para que en su momento ahí pueda brotar una nueva semilla. Sentimos la maravilla de la Naturaleza y como a partir de ahora, sintiéndonos habitantes del Bosque, también vamos a colaborar en alimentar esos vacios que el hombre ignorante, pueda provocar.
Abrazados al Cedro, continuamos el viaje subterráneo, permitiéndonos sentirnos comunicados con toda la esfera planetaria. Así, podemos ser testigos de las maravillas que hay bajo tierra, observamos como existen grandes venas de agua que se filtran entre rocas, pequeñas fuentes que alimentan oquedades muy profundas, así como oscuras cuevas que nunca fueron descubiertas y que nadie sabe qué puede haber en ellas.
Sentimos la maravilla del mundo subterráneo, sentimos la unión planetaria que nos demanda la Madre Tierra, sentimos su corazón, sus enseñanzas, sentimos todo su amor.

(pausa)

El Bosque de Cedros nos indica que sigamos el sonido que se percibe a lo lejos. Lo hacemos. Caminamos hacia las mismas entrañas del Bosque, donde de repente damos con un claro en el que arde un fuego. A su alrededor multitud de seres bailan la canción de la Madre Tierra, suenan los tambores. Nos unimos al grupo y bailamos a nuestro modo, no hay límites, podemos expresarnos como nuestro cuerpo desee. Bailamos al ritmo de los tambores, aprovechando para alinearnos con el flujo de la Madre Tierra, sentimos la armonía de nuestro chakra raíz, como se nutre en absoluta sinergia con la tierra, sintiendo el amoroso sustento de ella, donde no hay ni puede haber carencia.
Sentimos como se gesta la Semilla de la conciencia, de la que surge el Árbol de la Vida que une a todo el planeta. Sentimos como emana ese árbol ancestral que en sus ramas sostiene a toda la humanidad. Sentimos su poder y nos unimos a sus raíces, para recorrer todo su ser.
Nos sentimos parte del Árbol de la Vida y de su Ser.

(pausa)

Se hace un silencio, todos los presentes tomamos asiento alrededor del fuego. Una Anciana toma la palabra, es la Abuela Esperanza, nos quedamos escuchando en silencio y conectados, permitiendo que el Espíritu del Bosque se persone a través de las llamas. La Abuela nos lee un antiquísimo texto que transcurre en el tiempo de abuelos a nietos, dice así:

En el Árbol de la Vida albergo todo lo que fui, soy y seré, en ese Árbol expresé todo mi Ser. Mis raíces fueron mi sustento, por ellas me alimenté de ese bello elemento, la misma tierra que nunca antes pisé. Mi tronco, erecto, vertical, apuntando directo al Cielo, sustentaba la dirección de mi origen, garantizando que nunca me olvide de que estoy en más lugares, aunque a veces no pueda verlos o encontrarlos.
Decidí abrazar ese Cielo y para ello de mi tronco brotaron cientos de ramas, en todas las direcciones, libres para que mi savia, recorriera todos los caminos  que con mis brazos dibujé. No siendo suficiente, pues algunos caminos me ahogaron, sentía que me faltaba el aire, decidí dividirme en multitud de hojas, para que me ayudaran con mis emociones, las hojas fueron grandes fuerzas que me dieron más vida para crear esa copa que me daría forma.
El tiempo hacía mella en mí, tras las hojas decidí embellecerme para dar alegría a mi andadura y para ello florecí. Hice brotar en esa copa miles de flores de colores, conforme me sentía agradecido por todo el camino. Así en flor me mantuve, digno, bello, respirando, disfrutando del fuego que desde el Cielo me animaba a continuar creándome. Nunca pude verme, no puedo decir qué forma tengo, ni a qué huelo, ni que colores emito, ni nada parecido, pues yo sólo me encuentro por dentro. Eres tú quien cuando me descubres, provocas tal estallido que mis flores se convierten en frutos, frutos que alimentarán a quienes los cojan. Mis frutos, guardan un secreto, mis frutos contienen semillas, son semillas que me contienen a mí mismo, para que cuando alguien me quiera ver, pueda comer del fruto y ver germinar la semilla, en su Ser.
Soy el Árbol de la Vida, he dejado caer una hoja para ti. Es para que sepas que sin esa hoja no estoy completo, pues formas parte de mí y de mi copa. Aunque la hoja ya haya concluido su ciclo, se haya secado, y haya decidido desprenderse de su rama, sigue existiendo. Cuando recojas la hoja, acuérdate de que nuestro corazón es el mismo y que latiendo al unísono pronto nos volveremos a ver, pues ni la hoja ha muerto, ni yo tampoco.
Sé el Árbol y sabrás que siempre estamos juntos. Sé la hoja y respira profundamente. Sé la flor y permítete ser belleza. Sé el fruto y aprende siendo creador. Sé la semilla y comienza cada día. Sé la copa y sabrás que tienes forma. Sé la savia y fluye por los manantiales de las aguas que riegan esa tierra en la que creces, para que el éter disponga de todos los materiales que precises y te los entregue, cada vez que el Árbol perezca y con una nueva semilla desees volver a empezar.

Tal y como nos dice el ancestral texto, sentimos que tenemos las herramientas para fluir en los flujos planetarios y sentir la riqueza de este Reino y todos sus planos. Sentimos la grandeza de la vida que se nos entrega y así agradecidos, decididos regresar. Cogemos el camino de vuelta. Paseamos por el Bosque de Cedros, nos despedimos del árbol que elegimos abrazar.
Llevamos con nosotros las Semilla del Árbol de la Vida, ahora solamente nos queda plantarla y alimentar.

(pausa)

Poco a poco, es el momento de comenzar a  tomar conciencia de nuestro cuerpo…
Integrados en la nueva vibración y conectados profundamente a Gaia, ya podemos de regresar, lentamente, a nuestro ritmo…
Sentimos las extremidades…El tronco y la cabeza…
Y poco apoco vamos abriendo los ojos…

Bienvenidos a la vida consciente y a la vida presente!!!

Texto y narración a cargo de Núria Gómez y Karme Millán

TEMPLE INANNA
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